Por esas extrañas razones que sólo pueden existir cuando andamos enredados en los brazos de Morfeo, yo había llegado al telo antes.
Pero en vez de quedarme en la puerta, o irme a tomar una birra (hacía calor en el sueño también), no señores, se me ocurre entrar y decir que quería una habitación y bla bla bla, y que quien me acompañaría llegaría en un rato.
Por ese detalle, me hicieron pasar a otra oficina, donde me llenaron de papeles que tuve que firmar, que sin entenderlos demasiado, firmé tranquilamente.
Ahí es donde el sueño se me vuelve un evento multitudinario.
Había varias filas. Mucha gente averiguando "cosas", cambiándose de filas porque estaban equivocados.
Y yo que pensaba por dios che, es un telo al fín y al cabo, qué mierda están averiguando todos estos!!! No puede ser tan complicado pedir una habitación, recibir las llaves, subir y seguir subiendo.
La cosa es que mientras lograba escurrirme entre tanta gentuza, añorando llegar a la habitación y darme una ducha renovadora, desde lejitos, veo en la recepción, a gran parte de mi familia.
No pude captar bien el porqué, pero habían decidido regalarle a mis tíos una noche en el telo del amor.
Ahí estaban, los homenajeados, por supuesto, sus hijos, es decir, mis primos, algunos tíos más, mi vieja, mis hermanos y hasta algunos amigos de la familia.
Todos toditos ríe que te ríe, haciéndo alguna que otra bromilla, esas que más que doble tienen triple sentido.
Y yo ahí. Esperando.
Me quería ir, pero, como ya me habían explicado cuando me dieron todos los papeles, no era algo tan fácil. Si le sumamos que no había prestado nada de nada de atención mientras me hacían firmar, el escape era poco probable. Ni siquiera sabía los pasos burocráticos que tenía que seguir y no tenía más opciones que atravesar nuevamente el kilombo de gente, incluída mi adorable familia, y regresar a las oficinas donde me habían dado las explicaciones pertinentes para poder retirarme del establecimiento.
Gambetea que te gambetea, me encuentro con quien se supone debería encontrarme, pero al ver su cara de sorpresa, descubro que quien se suponia debería ser el encontrado no lo era.
Cruzo algunas palabras, que te quería avisar lo de tus tíos, que tenías el celular apagado, que que bueno que alguien te pudo avisar, y algunos demases.
Y entre tanta confusión, de refilón veo que la puerta se abre, y paradito ahí, esperando estoicamente, el susodicho con el que el encuentro había sido pactado.
Ay. Qué momento.
Y yo con todos los papeles que certificaban mi entrada y pedido de morada saltando en mi mochila. Celular sin batería.
La puerta que se cerraba de nuevo, y él que justo me pesca.
Lo que había comenzado con una sonrisa al verme, se fue diluyendo al verme mejor. O vernos, quizás.