Kierkegaard
Mi hija Marcela me obsequió hace meses una edición en español de Mi punto de vista de Kierkegaard. Una curiosidad editorial: el nombre del autor dice Sören Aabye Kierkegaard, con ese Aabye insólito que a estas alturas parece una extravagancia de los editores. Leo: «Cuanto escribo aquí es para orientación. Se trata de un testimonio público, no de una defensa o de una apología. A este respecto, en verdad, si no en otro, creo que tengo algo en común con Sócrates,... a quien su demonio le prohibió defenderse.... Hay algo en mí... que hace imposible para mí, o imposible en sí mismo, llevar a cabo una defensa de mi trabajo como escritor».
Los contemporáneos de Kierkegaard se extrañaron, cuando por fin se dieron cuenta, él ya muerto, de que aquel hombre jovial que encontraban en la calle siempre dispuesto a hacer un chiste y a burlarse de sí mismo llevara adentro tal carga de amargura y dolor ante el espectáculo del mundo y de esos mismos vecinos suyos que no lo comprendían. ¿Y nosotros? Nosotros, entonces y ahora, contentos o acaso sólo a disgusto con lo que pasa, echándonos puyitas unos a otros sin ninguna grandeza, sin verdadero ingenio (para no hablar de genio), sin defender ni atacar nada que realmente nos parezca valer la pena.
Signos de algo. Algo está ocurriendo; no sé qué, pero algo está ocurriendo.
(11 de agosto)
Hábitos
¿Los libros a que uno vuelve son siempre los mejores o que considera mejores? No siempre. A algunos se regresa una y otra vez por costumbre o hábito; en ocasiones hasta como se vuelve a ver a un amigo que nos cae mal.
Transparencias
En todo lo que escribo oculto más de lo que revelo.
Eso crees.
Encontrado en La letra e de Augusto Monterroso


Escribe un comentario