Estoy tratando de imaginar eso que llaman sosiego o quietud o tranquilidad o placidez o reposo o calma o serenidad o paz o equilibrio o armonía.
Pero como estoy paseando con Pessoa por el libro del desasosiego, prefiero quedarme con la primera opción e imaginar el sosiego.
Y no es que lo busque voluntariamente, todo lo contrario, pero el que me está dando la orden es mi estómago.
Me dice que está harto de tener que compartir su espacio con esa úlcera antipática. Agrega que está aburrido de recibir sólo agua y yogur desde hace tantos días. Que se muere de hambre, pero que los intentos que hice de hacer más variada su dieta (como por ejemplo el asado de noches pasadas) no le sentaron nada bien.
Yo trato de explicarle, o no Poly?, que la procesión va por dentro, que me disculpe por las molestias ocasionadas y algunas cosas más.
Mi estómago se rebela gritándome que está cansado de tener que pagar las culpas ocasionadas por otras partes de mi cuerpo, como la cabeza o el corazón por ejemplo.
Para apaciguarlo un poco, hace unas horas le regalé un alfajor. Pero no hay caso. Continúa indignadísimo y ya no me habla.
Lo último que me dijo fue:
-Señorita, Usted necesita sosiego. Hasta tanto no lo encuentre, le aseguro que yo me seguiré quejando hasta el fin de los tiempos.

Aclaración necesaria: entre otras cosas, es un hecho… cuestión de horas o días. Cerramos el castillo. Los papeles siguen sin salir, y nosotros seguimos decididos a hacer las cosas bajo el terrible manto de la ley. No se puede con este enemigo, pero afortunadamente, no nos vamos a unir tampoco.