Y el Demiurgo, después de haber creado todo, el cielo, las tierras, las aguas, los animales, los hombres y sus costillas, las estrellas, y demás astros...pensó.

Y llegó a la conclusión que había creado un mundo perfecto, completo, redondo.

Y sonrió, feliz de su obra.

Y anheló que su mundo nunca se acabe.

Y volvió a pensar, y haciendo cálculos de las cosas que podrían llegar a perecer, dejó de preocuparse por el cielo, las tierras, los mares y las estrellas.

De los animales, atinó a regalarles el instinto, y se quedó tranquilo.

Su preocupación se centraba en los hombres, porque les había regalado la razón.

Y el Demiurgo comprendió, que el hombre corría un peligroso riesgo de convertirse en una especie en extinción.

Y es por eso que el incentivo para que el hombre se reproduzca es tan placentero.

Nos hizo trampa.

Porque persiguiendo el placer, seguimos reproduciéndonos.