Aprendí a leer cabalgando en las piernas de mi viejo.
Bastaba que se siente, cruce sus flacuchentas piernas y abra el diario,
para que yo vaya al galope a instalarme en la pierna que quedaba
estirada.
Iba leyendo las espaldas de las hojas que él leía.
Después del diario, llegó el primer libro. No recuerdo el nombre, pero
sí que trataba de caballos. La tapa estaba bastante rota. Era rosa,
oscuro, casi fucsia.
Desde el día que pude leer sola, no pude parar.
Poder, y no poder.
Primera adicción. Tragaba letras como caramelos. Absorbía ideas como el naranjú. Buscaba libros como caracoles.
Arrancar con el colegio fue todo un tema. Me aburría, hablaba, caminaba, me retaban, volaba en penitencia a la dirección.
Y el remedio que solía usar era exactamente el mismo causante de la enfermedad.
Leía a escondidas para no molestar.
Me descubrían. Allanamiento de banco, mochila y entre la ropa.
- Mariam, ¿se puede saber qué haces? ¿en qué estás pensando?
- No estoy pensando señorita. Estoy escribiendo.
-¿?
- Mentalmente.
Lo cierto es que no recuerdo a que edad empecé a escribir. Materialmente, al menos.
Lo que sí recuerdo, es que tiraba absolutamente todo lo que escribía.
Casi como ahora. Sólo que ahora el absoluto ya no golpea a mi puerta ni
para obligarme a tirar cosas.
Me resulta imposible pensarme sin un libro cerca. Ni recordarme. Ni proyectarme.
He tenido a lo largo y a lo ancho de mi vida, y tengo, y tendré, complejas y tormentosas crisis de conocimiento.
No tanto por un porqué, el cual es claro y sólo responde a mi eterno hedonismo, sino puntualmente con el paraqué.
La causa de mi amor por la literatura es el inmenso placer que me causa amarla.
... y el maldito paraqué... no lo sé.
Quizás la culpa de todo la tenga don Umberto Eco, con su Sobre literatura...
Deberíamos encontrar, pues, un espacio del universo en el que estos personajes viven y determinan nuestras conductas, ya que los elegimos como modelos de vida (de la nuestra y de la ajena), y nos comprendemos perfectamente cuando decimos que alguien tiene un complejo de Edipo, un apetito pantagruélico, un comportamiento quijotesco, los celos de un Otelo, una duda hamlética, o que es un donjuan incurable o una celestina...
...la historia del divino Don Quijote empieza precisamente en el momento en que nuestro héroe decide abandonar el lugar de sus fantasías librescas para aventurarse en la vida. Lo hace porque estaba convencido, en el fondo, de que en esos libros había encontrado la verdad, por lo que bastaba con imitarlos, reproducir sus empresas.
Trescientos cincuenta años más tarde, Borges nos narrará la historia de una biblioteca de la que no se sale y en la cual la búsqueda de la palabra verdadera es infinita y sin esperanza.